Novela de la Violencia

  • Fecha de creación: 05-Nov-2007
Acepciones en las historias y materiales afines
Javier Arango Ferrer en su obra Horas de literatura colombiana, afirma que las novelas de la Violencia aparecieron desde el año 1948. Su visión sobre éstas es la siguiente: “(…) son relatos naturalistas escritos sin la menor naturalidad por liberales y conservadores, bajo el ángulo sectario que considera la crápula y la delincuencia políticas como cosa exclusiva del bando enemigo. El horrible ente político que es el hombre entregado al odio, dará la novela grande el día en que un hipotético novelista logre superar la demagogia y desentrañar de auténticas raíces históricas y psicológicas la explicación de un país minado por la violencia, que perdió en breve plazo la tradición civilista ejemplar y el sentido de las proporciones. Ningún crítico razonable podría discriminar valores positivos en la copiosa novelística de la violencia, sin caer en la demagogia.” (p.135-136)

Para Sohn Guanson, la época de la Violencia alteró no sólo el rumbo literario del país, sino también su carácter nacional; este periodo comprendido entre 1948 y 1957 sirvió, según el autor, como transición dolorosa desde la tradición colonial hasta la moderna. Ya en la novela, sostiene Guanson, “(…) el resultado inmediato fue la producción de más de cuarenta novelas de la violencia, que documentan la época como testimonios, al estilo de la novela de la Revolución Mexicana de 1910. Esta novela de la violencia se destaca por la abundancia de invectivas y escasez de literatura.” (p.3)

Por otra parte, Fernando Ayala Poveda expone en su Manual de literatura colombiana que durante el periodo señalado aparecieron en escena los llamados “cronistas”. Estos, según el autor, se configuran como un conjunto conformado por diversos autores, tales como periodistas, sacerdotes, o militares, cuya profesión estaba en total lejanía de la literatura. Es por esto que sus obras sólo conservan un valor documental. Estos “cronistas” escribían, afirma Ayala Poveda, para acusar al rival liberal, conservador, “pájaro”, comunista, o a las diversas mezclas que se puedan presentar, de ser culpable de la tragedia y el caos nacional. En esta medida, encuentran la explicación del fenómeno en la venganza, persecución, el rompimiento de las instituciones fundamentales o el atavismo de sangre. Según Ayala Poveda, estos “cronistas” inventan los hechos con el fin de elaborar una denuncia que aplaste al enemigo. Esta es la razón por la cual, según el autor, hicieron uso de la literatura “(…) como pretexto para comunicar un contexto pero jamás, nunca jamás, un texto”. (p.323).

Estas obras se caracterizan, según Ayala Poveda, por un modelo de relato: “matanza, búsqueda del autor, retaliación, sevicia y venganza para el otro” (p.323). También podemos encontrar un modelo basado en el tipo western italiano: “el militar – héroe se filtra en células criminales, descabeza al jefe y huye triunfante como un Roy Rogers. Es entonces condecorado” (p.324). Finalmente, propone un último modelo: “el 9 de abril sirve como escenario para contar historias sádicas, inventarios de muertos, mutilaciones: horror y sólo horror”. (p.324)

Según el autor, la literatura de la Violencia es una literatura de enjuiciamiento contra los culpables de la violencia partidista. Así, se hace uso de elementos como el panfleto, el libelo el esperpento, la frase emocional, el grito, la denuncia y el desgarramiento social y familiar con el fin de hacer un señalamiento de aquellos que actuaron como verdugos de trescientos mil colombianos inmolados. En palabras de Ayala Poveda, “nunca antes una literatura mostraba como protagonista el infierno dantesco, los cuerpos degollados y mutilados, las madres ultrajadas, los niños mutilados en la anarquía del odio. Se registran los campos incendiados, los animales asesinados, la sementera ensangrentada. La vorágine de la guerra civil declarada entre liberales y conservadores, deja una paz destruida en su ética, sus valores católicos y su sentido humanitario.” (p.324)

Sin embargo, Ayala Poveda introduce otros actores en el escenario literario. Según él, en este periodo también se debe hablar de “los creadores”. Estos recrean por medio de la novela un estado de ánimo o la historia trágica de una familia sin estar limitados por la sola denuncia. En este sentido, “(…) profundizan en la hecatombe psicológica y moral a través de una escritura que por momentos sorprende porque no está exenta de poesía y embrujo” (p.324)

Por su parte, Ángela Corredor en su estudio “Novela de la Violencia (1946-1955)” afirma que desde 1946 hasta mediados de los años sesenta, Colombia, en todo su territorio sufrió la más cruenta guerra civil no declarada de toda su historia, época conocida como la Violencia. Para la autora, el tema de la violencia ha estado presente en la literatura colombiana desde sus orígenes hasta el presente, sin embargo, aclara que en sentido estricto la narrativa de la Violencia encierra la literatura escrita sobre la época histórica que se conoce con tal nombre entre los años 40 y 60.

Es común hacer referencia a las diversas deficiencias literarias que presentan las obras de este periodo de la Violencia, sin embargo, según la autora, incluso aquellas obras que se encuentran limitadas a un realismo descriptivo directo, tienen valor por el hecho de ser documentos escritos por autores que en varias ocasiones fueron testigos o víctimas de los hechos narrados, de esta manera, el valor testimonial de la producción de este periodo es generalmente reconocido. Los autores de los años 50, afirma Corredor, en su mayoría se limitan a denunciar hechos sin profundizar en otros aspectos más complejos, esta es la razón por la cual no es difícil encontrar estudios clásicos sobre el tema como La Violencia en Colombia de Germán Guzmán, Orlando Fals y Eduardo Umaña, que citen textos de estas novelas con el propósito de ilustrar diversos métodos de tortura y asesinato, o presentar tácticas guerrilleras, datos que, sostiene la autora, coinciden con el testimonio de múltiples entrevistados, fotografías e informes del ejército y de la prensa del momento.

No obstante, afirma Corredor, a finales de esta década y durante los años que siguieron, comienza una nueva forma de abordar el tema que presenta obras fundamentales del género como El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez (1958) y El día señalado de Manuel Mejía Vallejo (1963), y obras representativas en la innovación de tendencias del mismo.

En palabras de la autora, estas obras, “progresivamente (…) superan la referencia directa, el maniqueísmo y esquematismo para llegar a simbolizaciones que dan cuenta de la complejidad del fenómeno” (p.242). Corredor sostiene que la posible cercanía a los hechos, y en esta mediada, la falta de distanciamiento histórico, se muestran como algunas de las causas de las deficiencias literarias de las primeras obras sobre la Violencia. Según Corredor, sólo en los años 60 y 70 se publican las obras más representativas sobre el tema.

Como conclusión, Corredor sostiene: “La narrativa sobre la Violencia ha oscilado entre el testimonio y la efectiva realización artística, y solamente ciertas obras han conseguido equilibrar estos dos polos para obtener relatos de amplio espectro histórico y de indiscutible calidad literaria. La visión testimonial limitante es seguida por la visión literaria compleja, y de los inventarios de torturas y muertes se pasa a elaboraciones poéticas que rastrean “motivaciones ocultas, mecanismos sutiles, engranajes subyacentes”, como escribe Laura Restrepo. “ (p.242)

Acepciones en las historias y materiales afines
Pedro Borrero Acosta El cadáver del cid (1965)

Clemente Airó La ciudad y el viento (1961); El campo y el fuego (1972)

Domingo Almova Sangre (1953)

Augusto Ángel La sombra del sayón (1964)

Fernando Arias Ramírez Sangre campesina (1965)

Gustavo Álvarez Gardeazabal Cóndores no entierran todos los días (1972)

Tulio Bayer Carretera al mar (1960)

Evelio Buitrago Salazar Zarpazo (1967)

Eduardo Caballero Calderón Caín (1969); El Cristo de espaldas (1952); Manuel Pacho (1964); Siervo sin tierra (1954)

Daniel Caicedo Viento seco (1953)

Martin Carrero Leal El indomable (1967)

Donaro Cartagena Una semana de miedo (1967)

Alberto Castaño El monstruo (1957)

Arturo Echeverri Mejía Marea de ratas (1960)

Carlos Esguerra Flórez Los cuervos tienen hambre (1954); Tierra verde (1957)

J.J. García Diálogos en “La reina del mar” (1965)

Gabriel García Márquez El coronel no tiene quien le escriba (1963); La mala hora (1962)

Pedro Gómez Correa El 9 de abril (1962)

Ignacio Gómez Dávila Viernes 9 (1953)

Francisco Gómez Valderrama Cadenas de violencia (1958)

Ernesto Herrera León Cristianismo sin alma (1965); Lo que el cielo no perdona (1954)

Alfonso Hilarión Sánchez Las balas de la ley (1953)

Jaime Ibáñez Cada voz lleva su angustia (1944); Un hueco en el aire (1968)

Euclides Jaramillo Arango Un campesino sin regreso (1959)

Hipólito Jerez Monjas y bandoleros (1955)

Ramón Manrique Los días del terror (1955)

Guillermo Martínez Guerra El día octavo (1966)

Gabriel Mejía Gómez La ratonera (s.f)

Manuel Mejía Vallejo El día señalado (1964)

Fernán Muñoz Jiménez Horizontes Cerrados (1954)

Arístides Ojeda El exiliado (1954)

Julio Ortiz Márquez Tierra sin dios (1954)

José Antonio Osorio Lizarazo El día del odio (1954)

Carlos H. Pareja El monstruo (1955)

Fernando Ponce de León Tierra asolada (1954)

Enrique Posada Las bestias de agosto (1964)

Flor Romero de Nohra Mi capitán Fabián Sicachá (1974)

Benhur Sánchez El cadáver (1975)

Jaime Sanín Echeverri Quién dijo miedo (1960)

Eduardo Santa Sin tierra para morir (1954)

Fernando Soto Aparicio Después empezará la madrugada (1970)

Álvaro Valencia Tovar Uisheda (1969)

Jorge Vásquez Santos Guerrilleros buenos días (1964)

Federico Velásquez A la orilla de la sangre (1955)

Galo Velásquez Valencia Progrom (1954)

Jorge Zalamea El gran Burundún Burundá ha muerto (1959); La metamorfosis de su Excelencia (1949)

Manuel Zapata Olivella Detrás del rostro (1963)

Manuel José Jaramillo La aduana (1960)

Fernando Soto Aparicio La rebelión de las ratas (1962)

Gustavo Zola y Ponce Raza de Caín (1954)

Tirso de Eguza Caos y tiranía (1959)

Pablo Rueda Arciniegas Ciudad enloquecida (1951)

Ramón Manrique Los días del terror (1955)

Salvador Barrera De nada le valió ser bueno (1973)

Fuentes Consultadas
Arango Ferrer, Javier. (1978) Horas de literatura colombiana. Bogotá: Biblioteca colombiana de cultura. 384 P.

Ayala Poveda, Fernando. (2002). Manual de literatura colombiana. Bogotá: Panamericana, 471 P.

Corredor Ángela “Novela de la Violencia (1946-1955)” en: Cristina, María Teresa (Directora Académica) (1992) Gran Enciclopedia de Colombia. Temática. Bogotá: Círculo de Lectores, tomo 4. 320 P.

Guanson, Sohn. (1978). La novela colombiana de protesta social. Bogotá: Ediciones Únincca, 135 P. Núñez Segura, José A. SJ, (1964) Literatura colombiana. (Sinopsis y comentarios de autores representativos). Medellín: Editorial Bedout, XII, 776 P.

Mención de responsabilidad
Análisis y sistematización de información: María Victoria Echeverri García

Proyecto: "Historia de la novela en Colombia: una perspectiva conceptual". Universidad de Antioquia. Semillero en investigación literaria (2008-2010).

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