Novela urbana

  • Fecha de creación: 05-Nov-2007
Acepciones en las historias y materiales afines
Según Lida Cristina Bedoya en su estudio “Ciudades literarias en la literatura colombiana: Una visión integral”, alrededor del tema de la novela urbana han surgido diversas polémicas, mientras ciertos autores niegan la existencia de este tipo de novela como concepto o metagénero, críticos como Helena Araujo, Luz Mary Giraldo, entre otros, aceptan la presencia de la novela urbana en la literatura colombiana y se han aproximado a una noción de la misma desde múltiples perspectivas. En general, afirma la autora, todos se acercan a la conclusión de que esta clase de novela es urbana no sólo porque tenga lugar en las ciudades, “sino porque su visión de mundo, la manera particular que tiene de abordar los temas y conflictos humanos está relacionado directamente con los problemas, ideas y mentalidades que corresponden sólo a las sociedades urbanas, como la vida y las relaciones en las fábricas, la fragmentación del ser, el desarraigo, entre otros”.( p.7)

La hipótesis desarrollada por Bedoya en su estudio es la siguiente: “(…) las relaciones sociales, los usos y costumbres urbanos, están absolutamente determinados por el espacio en el que se construyen, se edifican, es decir, la urbe. Las expresiones de una ciudad la construyen y la reconstruyen. Es decir, cada ciudad se corresponde con la construcción de una mentalidad urbana. El ritmo y el tiempo de la vida moderna mezcla todo no sólo en el espacio real, sino también en uno simulado, que constituye los espacios de ficción que se nos atraviesan. En esta medida, una ciudad desde el punto de vista de la construcción imaginaria de lo que representa, debe responder, al menos, por unas condiciones físicas naturales y físicas construidas; pero también por unos usos y normas sociales; por unos modos de expresión; por un tipo esencial de ciudadanos en relación con las de otros contextos, nacionales, continentales o internacionales; una ciudad hace una mentalidad urbana que le es propia; lo que nos lleva a deducir que también la ciudad literaria debe responder sino a todos, a muchos de estos parámetros” (p.9) En este sentido, Bedoya tiene en cuenta para su investigación la crítica que sobre el tema han desarrollado autores como Helena Araujo y Luz Mary Giraldo. La primera, según la autora, ubica el inicio de la novela urbana en Colombia en el periodo posterior al boom y al realismo mágico. Así, Araujo sostiene que la visión onírica de la realidad, envuelta en simbología popular y tradición oral, da paso a una narrativa marcada por lo cotidiano, que busca esencialmente interpretar las expresiones de la vida urbana.

Por su parte, Luz Mary Giraldo afirma que el pensamiento citadino, aunque se manifestó en los narradores del boom latinoamericano, estuvo enfatizado en su mirada americanista y en el tema y el problema de la identidad. De igual manera, apunta que posteriormente, este pensamiento citadino se relaciona más con la desintegración del hombre y su mundo. Bedoya se sumerge en el estudio de Luz Mary Giraldo Narrativa colombiana: búsqueda de un nuevo canon 1975-1995 (2000); en el cual, según la autora, se presenta “(…) una subclasificación de las novelas que asumen la ciudad como su materia estética novelable” (p.49). En este sentido, según la autora, Giraldo propone tres categorías: “La primera categoría que propone Giraldo, estaría conformada por aquellas que se desarrollan en un espacio arquitectónico urbano, la denomina la ciudad estetizada y la caracteriza como aquella que en unas primeras etapas corresponde a escenarios urbanos y arquitectónicos que envuelven y rodean a sus habitantes: calles, edificios, construcciones, avisos publicitarios, vehículos, lugares, sitios comerciales, etc. Lo cual, según Giraldo, establece ya una diferencia frente a los ámbitos rurales y detentan más el lugar donde se vive que la manera cómo se vive, sus consecuencias e influencias. En esta medida, esta categoría se presenta como una etapa inicial de la concepción de la novela urbana en Colombia, en esta categoría bastaría con que la obra se desarrolle en un escenario urbano. Es decir, que aún no responde a unas mentalidades categóricamente urbanas. La segunda instancia, según Giraldo, se constituye en la medida en que la primera se va asumiendo, es decir, la cotidianidad de la vida urbana se va desarrollando en las locaciones urbanas y da origen a los fenómenos sociales propios de una manera de vivir y de asumir la ciudad eminentemente urbana; ello le abre espacio a la tercera categoría: una compleja vida urbana, correspondiente a una visión de totalidad y de convergencia” (p.50) En este sentido, en ciertas etapas la cotidianidad se presenta en ciudades reales, con nombres y características específicas. No obstante, a finales del siglo XX, los escritores se aproximan más a narrar la ciudad como forma de vivir y de asumir el mundo, así, algunas obras se desenvuelven “en el espacio del no-lugar” (p.51). En esta literatura, la ciudad puede encontrarse concentrada en un espacio reducido: una alcoba, un diálogo, un monologo; este espacio se relaciona con una forma de vida y pensamiento urbano. Es a partir de este momento, sostiene la autora, que las ciudades dejan de aparecer en la literatura como un referente de la realidad y se presentan como lugares imaginados y creados por los autores gracias a sus vivencias o la misma influencia de las ciudades reales.

Según Bedoya, Giraldo estudia otro punto de máxima importancia en la novela urbana: el desarrollo de lo colectivo. En este sentido, se afirma que esta clase de novelas trae lo colectivo desde lo individual. Todas las mentalidades se cruzan debido a la mezcla de conocimientos razas, culturas, lenguajes y modos de vida, dinámica que refleja la condición amalgamada de las ciudades reales. Coexisten entonces en la novela urbana lo íntimo, lo privado y lo público, estado que permite vislumbrar circunstancias de las ciudades reales como la angustia, la monotonía, la desesperanza, el desencuentro, entre otras. En palabras de Bedoya: “Ya no se hace necesario entonces el referente a una ciudad, o a un lugar real, sino que las situaciones, los contextos y, más aún, los personajes, se presentan como una ciudad, o más bien, un espacio que funciona como lo hacen las ciudades reales, con todo su entramado de conflictos individuales y colectivos, con todos sus sueños y desesperanzas, con sus luchas y sus desafíos. Todos estos elementos son los que determinan en realidad que una novela pueda clasificarse bajo el concepto de urbana” (p.52) Sin embargo, el inicio de la novela urbana para Giraldo se muestra en El Carnero; más adelante, la ciudad vuelve a hacerse presente con el modernismo y sus espacios característicos plasmados en la novela de José Asunción Silva De sobremesa.

De igual manera, según Bedoya, en el siglo XX, Giraldo presenta como iniciadoras a tres ciudades narradas de formas completamente diferentes, ciudades presentes en La vorágine (1924), en Cuatro años a bordo de mí mismo (1953) y en la obra de José Antonio Osorio Lizarazo. No obstante, según la autora, para Giraldo, es a partir de la década del setenta “(…) cuando la ciudad despierta para nuestra literatura tal como la hemos conocido, está en medio de su crecimiento y desarrollo; empiezan a surgir los conflictos que se corresponden con mentalidades indiscutiblemente urbanas, que responden a unas circunstancias de sobrevivencia que impiden el normal desarrollo del individuo y por tanto de lo colectivo” (p.54). La novela de ciudad, como la llama Giraldo en algunos de sus estudios, es para la misma, en palabras de Bedoya: “(…) una cosmovisión en la que el espacio interno y el externo se integran en un constante movimiento, en el que se cruzan caminos, convicciones, ideas, valores, ruidos, silencios, etc. que establecen la dialéctica de las contradicciones en la mínima experiencia cotidiana del hombre y el entorno” (p.58).

Volviendo a Helena Araujo, en el primer ensayo de la recopilación Después de Macondo, resalta, según Bedoya, que en el último tiempo la literatura colombiana ha pasado de una visión onírica de la realidad envuelta en una simbología popular y una tradición oral, a una narrativa ubicada en lo citadino que busca, sobre todo, dilucidar las manifestaciones de la vida urbana. De esta manera y partiendo de los postulados de Ángel Rama, según la autora, Araujo “(…) destaca las narraciones que promulgan por la interpretación de fenómenos sociales que confrontan imágenes de la vida urbana y convierten en tema central la existencia frente al sistema, para revelar el desequilibrio que trajeron consigo la industrialización y el consumo a las ciudades latinoamericanas” (p.59).

Por otro lado, según la autora, el crítico R.H Moreno Durán en su texto De la barbarie a la imaginación, sostiene que la literatura latinoamericana ha oscilado entre la Arcadia y la ciudad. Por años, afirma Moreno Durán, los novelistas se enfrentaron con dos obstáculos: “primero, no saber a qué correspondía exactamente ser latinoamericano, y segundo, el imperio de un modo de ser europeo, con pretensiones universalistas, que se derrumbó, dejando a los novelistas con la obligación de mirar su realidad, que les dio pistas sobre esa ontología latinoamericana. En este proceso, la única forma de ampliar su visión de la realidad fue a través de la ciudad, que hasta ese momento habían ignorado” (p.61) Para Moreno Duran, según Bedoya, la novela debe responder a una visión de mundo que se relacione con las mentalidades urbanas, ya que, aunque antes se recreaba en elementos que ya se mostraban como referencias urbanas, no respondían a la situación vital propia del personaje dentro de una realidad fija y universal, realidad que ya la ciudad implicaba.

Por su parte, Álvaro Pineda Botero en su estudio Del mito a la posmodernidad: la novela colombiana de finales del siglo XX (1994), ubica, según la autora, en la época de los años ochenta a la novela urbana; fue en ese momento cuando muchas obras narraron el proceso de migración del campo a la ciudad debido a la violencia. Pineda Botero no habla de novelas urbanas como aquellas que muestran la ciudad como escenario. Estas obras son denominadas partiendo de una categoría intermedia que el crítico sitúa entre lo regional y lo urbano: la novela de ciudad. Pineda Botero resalta otro aspecto importante de la novela urbana, en palabras de Bedoya: “(…) el paso de la cultura oral a la escrita como característica de las ciudades (y por lo tanto de las novelas urbanas) pues en la oralidad se va configurando una especie de conciencia colectiva, mientras que en la escritura el pensamiento se vuelve individual, dejando al ser humano sólo frente a sí mismo. Sin embargo, la oralidad, señala, no queda fuera de la novela urbana, pues los mitos, las leyendas (ahora urbanas), las distintas voces, los juegos de palabras y demás elementos de la cultura popular oral aparecen en ellas. Así como la preocupación constante por el tiempo, característica eminentemente urbana; y los espacios que aparecen reducidos hasta llegar a la alcoba, al balcón, a la calle solitaria” (p.72) Pineda Botero, según la autora, señala a De sobremesa, novela de José Asunción Silva, como la precursora de la novela urbana en Colombia, esto gracias a los espacios, a su contraposición con lo oral y a la narración de los diversos estados interiores del ser. Para Bedoya, el mayor aporte de Pineda Botero es el hecho de relacionar el género picaresco con la ciudad, así se asocia el desarrollo de éste al crecimiento de las ciudades y a la llegada de los cinturones de miseria. En este sentido, la autora sostiene: “Si el inmigrante del campo, llega a la ciudad y debe asumir una actitud picaresca para sobrevivir a la selva de cemento, para avanzar a pesar de la soledad, la falta de fe, el desarraigo, la necesidad de expresarse y de ser escuchado, todos estos elementos aportan a la configuración de personajes y situaciones narradas en la novela urbana. Es decir, ese nuevo tipo de hombre creado por la sociedad masificada y anómica no está solamente escribiendo novela urbana, sino que está escrito en sus páginas” (p.77)

Autores y obras relacionados
Héctor Abad Faciolince Angosta (2003)

Laureano Alba Los duros de la salsa también bailan bolero(1987).

Alonso Aristizábal Una y muchas guerras(1985)

Plinio Apuleyo Mendoza Años de fuga(1979)

Antonio Caballero Sin remedio (1984)

Andrés Caicedo ¡Que viva la música! (1977)

Óscar Collazos Crónica de tiempo muerto. (1975); Todo o nada (1982)

José Luis Díaz Granados Las puertas del infierno (1985)

Néstor Gustavo Díaz A la hora del té aparecen los fantasmas (1987)

Mario Escobar Velásquez Toda esa gente (1985)

Alberto Esquivel Acelere (1985)

Luis Fayad Los parientes de Ester (1984); Compañeros de viaje (1982)

Manuel Giraldo Conciertos del desconcierto (1981)

Manuel Mejía Vallejo Aire de tango ( 1973)

R.H. Moreno Durán Fémina suite (1997); Juego de damas (1977); Los felinos del Canciller (1987)

Marvel Moreno En diciembre llegaban las brisas (1987)

José Antonio Osorio Lizarazo El día del odio (1952); El camino en la sombra (1965)

Rodrigo Parra Sandoval El álbum secreto del sagrado corazón (1991)

Carlos Perozzo Hasta el sol de los venado ( 1976)

Álvaro Pineda Botero Trasplante a Nueva York (1983); Cárcel por amor (1994)

Juan Rodríguez Freyle El carnero (1784)

Darío Ruiz Gómez Hojas en el patio (1978)

Boris Salazar La otra selva (1991)

Héctor Sánchez Entre ruinas (1984)

José Asunción Silva De sobremesa (1925)

Fernando Vallejo El fuego secreto (1986); Caminos a Roma (1988)

Jorge Eliécer Pardo Irene (1986)

Humberto Valverde Celia Cruz reina rumba (1981)

César Pérez Pinzón Hacia el abismo (1986)

Roberto Vélez Correa La pasión de las gárgolas (1987)

Definiciones de los diccionarios especializados
Clase de narración cuya trama se desarrolla en el espacio de la ciudad y cuyos personajes llevan a cabo hábitos urbanos, vistos bajo las perspectivas modernas. En este tipo de novelas generalmente son importantes los elementos descriptivos que en ocasiones adquieren un valor simbólico. Las novelas urbanas se desarrollaron a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Cabe destacar dentro de este tipo de relatos, Tiempo de silencio, de L. Martín Santos; La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, entre otros. (Cf. Reyzábal, p.94)
Fuentes Consultadas
Bedoya Londoño, Lida Cristina. Ciudades literarias en la literatura colombiana: Una visión integral. (2007) Medellín: Universidad de Antioquia, 145p.

Reyzábal, María Victoria. (1998) Diccionario de términos literarios, II. (O-Z). Madrid: Acento Editorial, 93p.

Mención de responsabilidad
Análisis y sistematización de información: María Victoria Echeverri García

Proyecto: "Historia de la novela en Colombia: una perspectiva conceptual". Universidad de Antioquia. Semillero en investigación literaria (2008-2010).

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