Crónica de Indias

  • Fecha de creación: 05-Nov-2007
  • modificación: 22-May-2010
Acepciones en las historias y materiales afines

En su Historia de la literatura en la Nueva Granada, José María Vergara y Vergara deja clara la relación de sinonimia que existe entre los términos “crónica” e “historia”. A partir de ahí comenta la obra de cronistas reconocidos y no reconocidos que van desde finales del siglo XVI hasta el último tercio del siglo XVIII. Si bien para Vergara la crónica puede ser un sinónimo de historia, cuando habla de El carnero, de Juan Rodríguez Freyle, no deja de advertir la astucia con la que el autor santafereño “enlazó los hechos de su vida con los de su crónica, de tal manera que no se pueden separar unos de otros” (p. 68), aspecto con el que caracteriza este género. Incluso, clasifica a Rodríguez Freyle dentro del grupo de historiadores de la primera mitad del siglo XVII, junto con Fray Pedro Simón, Pedro Solís y Valenzuela, Fray Alonso de la Cruz y Alonso Garzón de Tahuste.

Por otra parte, en su sinopsis y comentarios de autores representativos conocido bajo el título de Literatura colombiana (1964), José A. Núñez Segura se refiere al valor histórico, sociológico y literario de obras como las de Gonzalo Jiménez de Quesada, Juan de Castellanos, Pedro de Aguado, Pedro Simón, Lucas Fernández de Piedrahíta, Juan Rodríguez Freile y Alonso de Zamora. Cuando habla del valor histórico considera criterios como la evidencia proporcionada en los relatos y el sentido antropológico, eclesiástico y psicológico. En cuanto al valor literario se tiene en cuenta la relación novelesca, la descripción viva y el estilo impersonal.

Eduardo Camacho Guizado (1978), caracteriza estas producciones de la segunda mitad del siglo XVI y buena parte del XVII como pertenecientes al género de la relación, y precisa: “Relación es, en primer término, informe. Informes a Europa, a España, son las obras de los primeros cronistas, los del siglo XVI, y también las de los últimos cronistas, los del XVII. El asombro, la curiosidad y el interés por el descubrimiento y por la colonización del nuevo mundo se expresan a través de la crónica. Lejos de estos cronistas la intención de crear obras de imaginación o de arte; lo que les interesa es el mundo que tratan de presentar ante Europa; no la manera como se presenta” (p. 31).

Desde una perspectiva similar a la de Camacho Guizado, Fernando Ayala Poveda en Manual de literatura colombiana (1984), clasifica las producciones de los cronistas durante la Colonia en tesis filosóficas, alegatos jurídicos en defensa de los indígenas, crónicas de convento y poemas fantásticos e históricos sobre sucesos notables. En el capítulo II, “Expresión literaria en la Colonia”, plantea que “la literatura colonial fue escrita por los cronistas y los dominadores” (p. 18). Ayala pone en duda el nombre de “fundadores de la literatura” que se ha dado a los cronistas españoles, y dice que “su papel como historiadores es cuestionable […]. En ninguno de ellos aparece la vena creativa, poética, fabulatoria. La realidad se los devoró a todos […]. En realidad, tales cronistas no eran más que secretarios que presentaban un informe a España sobre variados aspectos de la Nueva Granada” (p. 19). En este mismo trabajo se niega el carácter literario de estas producciones, dado que la literatura, especifica el autor, “tiene como centro un mundo imaginario, privado, edificado en una escritura estética y simbólica, que no tiene por objeto demostrar proposiciones históricas, políticas o morales” (p. 19). No obstante, en el Manual aparecen términos como crónica rimada (el caso de las Elegías de Juan de Castellanos) y crónica picaresca (el ejemplo es El carnero, de Rodríguez Freyle) asociados a la crónica de Indias. Para el caso específico de Rodríguez Freyle, se analiza lo historiográfico en El carnero, y se le incluye en el apartado dedicado a la “Crónica social” de trasfondo costumbrista por ser esta una historia que habla de la vida social en el remoto Bogotá de los siglos XVI-XVII: “esta crónica es de tipo local, lugareña, donde se vierte lo escandaloso de sus habitantes” (p. 26).

En 1988 el Manual de literatura colombiana dedica uno de sus capítulos a “Los cronistas”. En él Germán Arciniegas plantea nuevamente la relación entre crónica e historia, al tiempo que advierte sobre sus estrechas relaciones con la literatura: “Lo que identifica el género es la cronología. Si se trata de anales, se lleva la cuenta de los años. Si de días, al ir haciendo el relato. Entre los cronistas que cuentan los sucesos del Nuevo Mundo son notables los que dividen el tema por períodos de diez años: la década. Entre los anales, las décadas y los diarios sólo hay una diferencia, que se hace sentir en las minuciosidades. Es la de los cronistas que desmenuzan el cuento, y lo llenan de incidentes menudos, como en las novelas. Entonces vale más el encuentro de un hombre y una mujer que la suerte en un combate. Así, leer hoy lo que ellos escribieron hace cinco siglos, es mucho más sabroso que leer historia” (p. 29).

A diferencia de lo que se cree, afirma Héctor H. Orjuela en Historia crítica de la literatura colombiana (1992a), no es la poesía, sino la crónica, el género más cultivado en la época colonial (p. 43). Se trata de textos escritos por conquistadores letrados, escritores seglares e integrantes de comunidades religiosas, en los que –concluye el autor–hay que buscar el origen del ensayo y de la narrativa de ficción en Hispanoamérica. Estos textos “mezclan a la historia elementos diversos que les dan un carácter peculiar. En estas obras se plasman la gesta del descubrimiento y conquista, las hazañas de los conquistadores y la confrontación del mundo europeo con el americano. Conservan ellas, por otra parte, las primeras descripciones que se conocieron en Europa del nuevo mundo y sus habitantes” (p. 51).

Ahora bien, el trabajo de Héctor H. Orjuela advierte que no siempre las obras ostentan la forma y estructura de la crónica y puede haber cronistas que escriben diarios (como Colón), cartas de relación (es el caso de Cortés) y diálogos (como los de Cervantes de Salazar). De hecho, el investigador rescata el carácter híbrido de estas producciones que “da margen para nuevas lecturas que tengan en cuenta su posible dimensión literaria y sus aspectos creativos que no corresponden estrictamente con la índole del discurso historiográfico” (p. 75). A continuación cita a Enrique Pupo-Walker para quien escribir en aquellos tiempos implicaba algo más que una simple relación noticiosa; constituía un acto de creación para plasmar la pluralidad de matices que ofrecía la realidad del Nuevo Mundo. De esta manera, para el caso específico del período en el que escribe Juan Rodríguez Freyle, Héctor H. Orjuela (1992b, p. 46) propone que en ese momento “[…] se pasa a la confrontación del hombre consigo mismo y con el Ser Supremo, al providencialismo de la historia y al cultivo de una crónica con sesgo social, cuya función ya no es sólo contar los sucesos “verdaderos”, sino relatar la fundación de pueblos y ciudades, describir las costumbres de sus habitantes y condenar los vicios y la corrupción de encomenderos, oidores y representantes de la Corona. Nace así la literatura de interés social y se coloca en primer plano el individuo y su entorno”.

También Javier Arango Ferrer (1993) coincide en identificar ciertos aspectos literarios de la crónica escrita durante el período de la Colonia. Además de hacer las consideraciones pertinentes sobre el carácter fundacional de la obra de Juan Rodríguez Freile y de la calidad de la escritura de Lucas Fernández de Piedrahíta, en la parte de su trabajo dedicada a la novela, habla de los cronistas de los siglos XVI, XVII y XVIII, así como de la tradición que los liga a la novela picaresca en el relato de lo que vieron sus ojos maravillados. La crónica aparece allí como el estado inicial de lo que más tarde se convirtió en el cuento y la novela hispanoamericanos.

En la parte final de su estudio sobre la literatura colombiana del período colonial, Héctor H. Orjuela advierte sobre las transformaciones que la crónica de Indias comienza a experimentar al final de la Colonia, aspecto que determina la decadencia de este género y el inicio del predominio de nuevas formas de escritura al final del siglo XVIII y en los comienzos del siglo XIX: “es indudable que el género ha cambiado y que el discurso histórico tiende hacia el ensayo, hacia el inventario de las riquezas de América y que el factor económico y político-social interesa a los escritores que empiezan a tomar conciencia de su hábitat, de las posibilidades económicas que ofrecen las tierras inexploradas del Nuevo Mundo, y de la necesidad de establecer nexos comerciales más amplios con la Península” (1992c, p. 198).

Autores y obras relacionados

Martín Fernández de Enciso. Suma de geographía. (1519)

Gonzalo Fernández de Oviedo. Historia general y natural de las Indias. (Primera parte). (1535)

Pascual de Andagoya. Relación de los sucesos de Pedrarias Dávila en las provincias de Tierra Firme o Castilla de Oro, y de lo ocurrido en el descubrimiento de la mar del sur y costas del Perú y Nicaragua. (1545)

Gonzalo Jiménez de Quesada. Compendio historial de las conquistas del Nuevo Reino. (No se conoce versión alguna del texto. Se sabe de su existencia por la mención que han hecho de él otros cronistas)

Fray Bartolomé de las Casas. Brevísima relación de la destrucción de las Indias. (1552)

Pedro de Aguado. Recopilación historial. (Obtuvo licencia para su impresión en 1582)

Juan de Castellanos. Elegías de varones ilustres de Indias. (1589)

Antonio de Herrera. Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y Tierra Firme del mar Océano. (1601)

Fray Pedro Simón. Noticias historiales de la conquista de tierra firme en las Indias Occidentales. (1627)

Lucas Fernández de Piedrahíta. Historia de las conquistas de nuevo Reino de Granada. (1688)

Juan Rodríguez Freyle. El carnero: conquista y descubrimiento del nuevo Reino de Granada: de las Indias occidentales del mar océano y fundación de la ciudad de Santa Fe de Bogotá primera de este Reino donde se fundó la Real Audiencia y Cancillería. (1636)

Juan Flórez de Ocariz. Genealogías del Nuevo Reino de Granada. (1674)

Juan Rivero. Historia de las misiones en los llanos de Casanare y los ríos Orinoco y Meta. (1729)

José Nicolás de la Rosa. Floresta de la Santa Iglesia Catedral de la ciudad y provincia de Santa Marta. (1739)

José Gumilla. El Orinoco ilustrado: historia natural, civil y geographica de este gran río y de sus caudalosas vertientes. (1741)

Fray Juan de Santa Gertrudis. Maravillas de la naturaleza. (Publicada por primera vez en 1966, aunque data del siglo XVIII. El manuscrito permanece en la Biblioteca Pública de Palma de Mallorca)

Francisco Silvestre. Descripción del reyno de Santa Fé de Bogotá. (1798)

Manuel del Campo y Rivas. Compendio histórico de la fundación, progreso y estado actual de la ciudad de Cartago en la provincia de Popayán en el Nuevo Reino de Granada de la América Meridional. (1803)

Definiciones de los diccionarios especializados

El término crónica proviene del vocablo latino chronîcus que quiere decir aquello “que sigue el orden del tiempo”. Se trata de un tipo de texto que, según la retórica antigua, consiste en registrar los hechos en su sucesión temporal; un modo de contar para recordar los hechos, según lo entiende Daniel Samper Pizano (p. 15): “La crónica era el relato de las cosas que habían pasado. Aquello que había acontecido al individuo y a la comunidad; sucesos grandes y pequeños, menudos y trascendentales. En un principio fue un relato desordenado y escasamente riguroso. Cuando tuvo por fin un orden, este fue el más elemental, el que dictaba el tiempo lineal de ocurrencia, el cronológico. Y cuando adquirió un rigor mínimo empezó a separarse del mito y la religión. La crónica no pretendía contar cómo podía ser el mundo, sino cómo había sido”.

Según Demetrio Estébanez Calderón (p. 237), la crónica constituye una “modalidad de literatura historiográfica consistente en la narración de acontecimientos durante un determinado período histórico y según el orden en que ha sucedido”. Aunque puede asemejarse a la épica o los cantares de gesta en cuanto también exalta la historia de los pueblos y sus héroes, la crónica se distingue por su estructura original, resultado de la recopilación de diversas fuentes, y por su pretensión de rigor histórico, dado que “en la crónica hubo siempre una afirmación de certeza que la distinguía de la creación interpretativa (literatura) y de la creencia en un mundo armónico trascendental (religión)” (Samper Pizano, p. 16).

En el mencionado trabajo de Samper Pizano se plantea que cada civilización en la historia de la humanidad contó con sus propios cronistas. Los sumerios escribieron un tipo de texto que podría clasificarse como crónica: “Es también sumerio el primer cronista señalado como tal. Se trata de un relator que narra hacia el 2.400 a. C. la guerra entre las ciudades de Lagash y Umma” (p. 17). También el pueblo griego escribió una crónica que se conoce como Marmor Parium en la que los cronistas “prefieren contar las historias del pueblo y de los poetas antes que loar a reyes y guerreros” (p. 18). Se conocen también los textos sagrados del Antiguo Testamento que se denominan Libros de las crónicas o Paralipómenos que interpretan la historia de Israel y Judá desde la creación de Adán hasta mediados del siglo IV a. C. Son producto de la escritura de un mismo autor que “no se limitaba a relatar los acontecimientos, sino que introducía ocasionales comentarios en el texto y se daba el lujo de ignorar lo que ocurría con hechos o personajes que no le resultaban simpáticos” (p. 17). Por otro lado, la historia primitiva de China se asienta en crónicas regionales, así como la de la nación eslava que en Crónica de Néstor se refiere al origen de los pueblos eslavos hasta el siglo XII. En tal sentido, también las historias del pasado incluidas en el Chilam Balam, el libro de los mayas, pueden ser consideradas crónicas de la América indígena.

Durante siglos, dice Maryluz Vallejo Mejía (p. XI) “viajeros e historiadores registraron los acontecimientos en un género de escritura que conservó el nombre de crónica, a pesar de la gran variedad estilística, porque predominaba la narración lineal en el tiempo”. Esa modalidad cuenta con una tradición que va desde el siglo IV con la Crónica (cánones cronológicos y resumen de la historia universal) , de Eusebio de Cesarea, hasta el auge que adquiere en los siglos XII, XIII y XIV en países como Francia, Inglaterra, Alemania y España, según los estudios de Demetrio Estébanez Calderón (1996). Se trata de textos históricos que utilizan como fuentes la literatura y distintos materiales historiográficos. Se entiende, pues, la crónica como un pedazo de la historia, como el relato histórico de los pueblos.

Sin embargo, “a medida que la historia se volvió más científica y rigurosa, la crónica se convirtió apenas en fuente suya y en instrumento adecuado para relatar ciertos aspectos del acontecer”; no obstante, ocupa un lugar importante en la historia si tenemos en cuenta lo que el historiador francés Fernand Braudel propuso en torno a los niveles de desarrollo y estudio de la historia que son tres: la historia de larga duración que da cuenta del tiempo de las estructuras y las tradiciones; la historia lenta y coyuntural de los grupos o historia social; y la historia de los sucesos “que se registra a la medida de los individuos y sus logros y constituye la más excitante de todas, la más rica en interés humano y también la más peligrosa” (Citado en Samper Pizano, p. 20). La crónica hace parte de este último nivel.

Así, los problemas políticos de una época como la inmoralidad, la guerra, la ambición de los nobles, etc., son los temas más frecuentes de un tipo de texto que se propagó a lo largo del siglo XIV. Son textos centrados en la historia de personajes particulares o en hazañas memorables, pero que no pueden clasificarse como biografías (Estébanez Calderón, p. 238). Ejemplo de esa “crónica-biografía” puede ser la Crónica de Juan II de Castilla, escrita por Alvar García de Santa María o la Crónica de los reyes católicos. En cuanto a la crónica de hazañas memorables están todas aquellas en las que se narran las conquistas, batallas, rescates, etc., de los pueblos europeos.

Hemos de mencionar también dentro de este período una serie de crónicas que se escribieron entre los siglos XIII y XV sobre personajes no pertenecientes a la realeza (sirva como ejemplo la Crónica de don Álvaro de Luna o la Crónica de don Pero Niño) y sobre localidades particulares (por ejemplo la Crónica de la población de Ávila). Puede también incluirse un tipo de crónica que se inauguró durante el reinado de Carlos V en la que se narran, de forma burlesca, diversos aspectos escandalosos de la Corte. En estos casos aplica lo que apunta Earle Herrera en La magia de la crónica: “El cronista no toma, como el historiador, distancia de lo que narra. Por el contrario, está inmerso en su propia relación, y cuenta desde adentro lo que vio y oyó” (p. 22).

El siglo XVI dio origen a un tipo de crónica que habría de convertirse en la principal fuente de la historia del continente recién descubierto. Nos referimos a la crónica de Indias en la que se narra el encuentro de la cultura española con los pueblos precolombinos de América. Algunos de los autores asociados a este tipo de textos son: Gonzalo Fernández de Oviedo, Bartolomé de las Casas, Francisco López de Gómara, Bernal Díaz del Castillo, entre muchos otros. Entre los principales títulos podríamos citar el Diario de a bordo, de Cristóbal Colón; Relación de Indias (1496), de fray Ramón Pané, compañero del descubridor; Décadas de Orbe Novo (1511-1550), de Pedro Mártir de Anglería; Mundus Novus (1504), de Américo Vespucci; Relación del primer viaje alrededor del mundo (1522), de Antonio de Pigafetta; Naufragios y comentarios (1542), de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, a los que se ha de agregar una cantidad de textos escritos por los descubridores y fundadores de cada una de las poblaciones del continente y que se han constituido con el pasar del tiempo en piezas de literatura y en fuente importante de la historia de los pueblos de América (piénsese en la Relación de la conquista de Gonzalo Jiménez de Quesada que trata de la conquista de la Nueva Granada, en las Elegías de varones ilustres de indias de Juan de Castellanos o en la crónica escrita por el Inca Garcilaso de la Vega sobre sus antepasados maternos). Todas estas crónicas si bien incorporaron comentarios éticos, “mantuvieron un estilo permeable a la maravilla, esmerado en describir, no en comentar, y curioso hasta en los más ínfimos detalles […]. El cronista de Indias, pues, cumple una múltiple misión: relata, describe, descubre, nombra y moraliza” (Samper Pizano, p. 26-27).

Fuentes Consultadas

Arango Ferrer, Javier (1993). Horas de literatura colombiana. Medellín: Ediciones Autores Antioqueños, 285 p.

Arciniegas, Germán (1988). “Los cronistas”. En: Manual de literatura colombiana. I. Bogotá: Planeta. Procultura, p.p 27-51.

Ayala Poveda, Fernando (1984). Manual de literatura colombiana. Bogotá: Educar Editores, 405 p.

Camacho Guizado, Eduardo (1978). Sobre literatura colombiana e hispanoamericana. Bogotá: Editorial Andes, 407 p.

Estébanez Calderón, Demetrio (1996). Diccionario de términos literarios. Madrid: Alianza Editorial.

Herrera, Earle (1991). La magia de la crónica. Caracas: Universidad central de Venezuela.

Núñez Segura, José A (1964). Literatura colombiana. Sinopsis y comentarios de autores representativos. Medellín: Editorial Bedout, 774 p.

Orjuela, Héctor H. (1992a). Historia crítica de la literatura colombiana. Literatura colonial, Tomo I. Santafé de Bogotá: Editorial Kelly.

Orjuela, Héctor H. (1992b). Historia crítica de la literatura colombiana. Literatura colonial, Tomo II. Santafé de Bogotá: Editorial Kelly.

Orjuela, Héctor H. (1992c). Historia crítica de la literatura colombiana. Literatura colonial, Tomo III. Santafé de Bogotá: Editorial Kelly.

Samper Pizano, Daniel (2003). Antología de grandes crónicas colombianas. I. Bogotá: Planeta.

Vallejo Mejía, Maryluz (1997). La crónica en Colombia, medio siglo de oro. Bogotá: Biblioteca Familiar de la Presidencia de la República.

Vergara y Vergara, José María (1974). Historia de la literatura en la Nueva Granada. Tomo I (1538-1790) . Bogotá: Biblioteca Banco Popular. 272 p.

Mención de responsabilidad

Análisis y sistematización de información: Leandro Garzón Agudelo, estudiante de la Maestría en Literatura Colombiana – Universidad de Antioquia.

Proyecto: Tesauro de la literatura colombiana. Una herramienta para el SILC/i>.(2008-2010)

Investigadora principal: Olga Vallejo Murcia

Institución: Universidad de Antioquia, Facultad de Comunicaciones, Grupo de Investigación Colombia: tradiciones de la palabra.

Crónica de Indias